jueves, 5 de junio de 2014

Monarquias y repúblicas


Sólo unas horas –incluso minutos- después del anuncio de abdicación del rey, los antimonárquicos se lanzaron a la calle con la idea de que era el momento de liquidar la monarquía y llevar adelante su ideario.
Y la otra parte, el statu quo, mayoritariamente monárquico, inició el baile de sus mejores espadas en defensa de la venerada institución.
Los unos intentando conseguir su santo grial, y los otros que no les roben la tostada. Los unos en una lucha activa, y los otros en una acomplejada actitud defensiva. Cada uno a lo suyo y sin mirar atrás, sin querer saber cómo están dejando el campo de batalla.
¿Pero cuál es la trascendencia de una u otra opción?
En lo que llaman “nuestro entorno”, nos encontramos con las dos formas de estado: Gran Bretaña, Holanda, Suecia..., por un lado; y USA, Francia, Italia..., por otro.
¿Ventajas de unas opciones sobre las otras?
Pues no parece que la ciudadanía de una monarquía viva mejor que la de una república, o viceversa. No parece haber ventajas de una opción sobre otras, sólo matices que cada uno ha de valorar como quiera y pueda.
El problema es que el debate que se ha organizado con la abdicación de Juan Carlos no es un intercambio racional de ideas sino, a mi humilde entender, pura visceralidad y ninguna racionalidad.
Y no hay nadie que le ponga sentido común a esto (bueno, ni a esto ni a nada, pero eso es otra cuestión).
Los pro-republicanos han iniciado una cruzada activa para ejercer su derecho a decidir, convencidos de que es su momento pero, quizás -sólo quizás-, confundiendo su descontento hacia los actuales gobernantes y la situación del país, con la forma de estado.
¿Y los otros? Pues lo de siempre, lo único que saben hacer: poner en marcha la maquinaria de la des-información, con sus mediocres empleados intentando convencer con mediocres argumentos, tendenciosos, y poco convincentes.
Pero, sobre todo, montados en una actitud defensiva en lugar de actuar de una manera no sólo responsable, sino inteligente.
En realidad, el statu quo está atemorizado, aterrado de que algo pueda cambiar, sin hacer una evaluación real de la magnitud del cambio.
Y es que el potencial cambio en cuestión, es decir, la conversión de España a formas republicanas,  ni tendría mayor trascendencia, ni tendría mayor inconveniente para nadie. Nada cambiaría de manera notable, y menos para ellos, que inevitablemente seguirían manteniendo su estatus socio-económico.
A unos parece que no les casan las formas monárquicas con una sociedad que aspira a calificarse de “moderna”, y eso de las dinastías se antoja un poco rancio y azaroso. Y es que, realmente, el único activo que puede esgrimir un heredero es ser “hijo de”; y supongo que, también, una preparación exquisita, aunque ya sabemos que “lo que natura non da, Salamanca non presta”.
Por otra parte, puede esperarse –aunque yo no pongo la mano en el fuego habida cuenta de los ejemplos y ejemplares mediocres que nos está tocando sufrir- que un aspirante a presidente de república ha de tener cualidades y preparación, a partes iguales e indistintas.
Y buena salud, que aunque parece una cuestión obvia, no lo es. Afortunadamente –para ellos-, la hemofilia, con tanta frecuencia asociada a las monarquías, va remitiendo con el ascenso de las plebeyas y/o los plebeyos a la más altas dignidades.
Pero… ¿realmente hay tantas diferencias para la ciudadanía entre monarquía y república?
¿Es que en Francia se gobierna mejor que en España? ¿O que en Gran Bretaña?
¿Es que en Holanda se gobierna mejor que en USA?
¿Es que los ciusdadanos de una forma política mantienen ventajas sobre la otra?
Pues, la verdad, no parece haber muchas diferencias…
No es la forma de estado lo que diferencia a unos países de otros; es otra cosa.
Y la adopción de una u otra forma de estado no parece tener muchas consecuencias para la ciudadanía, visceralidades aparte.
Entonces… ¿por qué tanto debate?
Sin embargo, hay una serie de aspectos a contemplar, aspectos diferenciadores de una y otra opción que se quedan en categoría de “matices”, unos más –subjetivamente- importantes que otros:
En primer lugar, un monarca, a diferencia de un presidente de república, no tiene color. Es decir, no es de izquierdas ni de derechas (o, al menos, así debería ser), lo cual tiene sus ventajas.
Por poner un ejemplo, cuando Zapatero llegó a Moncloa y retiró inmediatamente las tropas de Irak, poco después de quedarse sentado al paso de la bandera estadounidense en un desfile militar conjunto, las relaciones España-USA se deterioraron gravemente. Sin embargo, al poco tiempo, los reyes de España realizaron un viaje oficial a USA donde fueron recibidos, afablemente, por las más altas instancias estadounidenses, con la consiguiente mejora de las relaciones entre los dos países.
Y yo me pregunto si hubiera sido lo mismo si, en lugar un monarca, hubiéramos tenido un presidente de la república perteneciente al PSOE. ¿Hubiera sido recibido igualmente?
Es, cuanto menos, dudoso.
Entonces, podría ser que un monarca tuviese mayores ventajas o facilidades de representación frente a un presidente debido a su no afiliación política.
En segundo lugar, si España pasara a ser una república, habría que desmantelar la monarquía. ¿Problemas? ¿El rey y la reina a engrosar las listas del paro? Bueno, ya tenemos cinco millones de parados; no creo que fuera mucho más grave que hubiera dos parados más.
¿Ocurriría algo más, digno de tener en cuenta?
Bueno, quizás hay que reconocer que, a día de hoy, Juan Carlos es una “marca” de prestigio –y esto es más real de lo que parece- que se asocia, indefectiblemente, a España, y acaso el hecho de tirar ese activo a la papelera no sería recomendable ni para nuestro país ni para cualquier otro.
Poco más, aunque esto ya es bastante como para pensárselo.
En tercer lugar, no me fio de los políticos, y la cuestión es si el rey es un político al uso.
Yo creo que no a pesar de que, como “los otros”, tiene sus propios intereses personales e institucionales.
Sin embargo, un rey “es para siempre”, lo que le confiere diferentes y encontradas características. Por una parte, ha de planificar a largo plazo, por lo que no debe correr riesgos gratuitos, ni en lo personal ni en lo profesional. Ha de cuidar, bien y mucho, su comportamiento y sus acciones.
Un presidente tiene un horizonte temporal mucho más corto, más cercano, y sus potenciales errores no le perseguirán “de por vida”.
Y de la misma manera, un rey tiene más tiempo para ganarse un prestigio.
Sin embargo, esa vida profesional tan dilatada también le hace más vulnerable; no puede permitirse el lujo de crearse enemigos, y mucho menos enemigos institucionales o económicos, por lo que sus acciones no siempre podrían estar dictadas por sus responsabilidades para con sus “súbditos”.
En cuarto lugar, y en referencia a los costes, no parece que un presidente genere menos gastos que un rey porque, y entre otras, si el rey vive en palacio, lo mismo le ocurre hoy al presidente del gobierno, y mañana le ocurriría igualmente al presidente de la república, por lo que seguirían ocupados tanto Moncloa como Zarzuela (o el palacio que tocara como sustituto de este último, para no mantener vínculos incómodos). Y lo mismo en relación a escoltas, gastos institucionales, viajes, dietas, gabinete, etc., etc., etc.
En quinto lugar, uno puede sentirse representado por un rey sin color, de manera permanente; sin embargo, si se trata de un presidente de república, cada ciudadano se sentirá representado en función del éxito del color de su voto.
Esto no es absoluto, pero un rey trata de representar a todos, al igual que un presidente, pero un presidente de república se presenta, finalmente, por unos colores, por un partido político, y los que se sientan afines a ese color, perfecto; pero los otros tendrán que esperar hasta los siguientes comicios para sentirse identificados con “su presidente”, al igual que ocurre hoy con el presidente del gobierno.
Y en sexto y último lugar, la vida profesional de un rey se supone más larga –bastante más larga- que la de un presidente, y esto me genera una gran inquietud en lo que respecta a la forma republicana.
Me explico: supongamos un reinado de 39 años, como el de Juan Carlos; y supongamos, por la otra parte, un período de representación presidencial de 5 años. Esto significa una media de ocho presidentes por un monarca.
Y a la vista del panorama actual, en el caso de la monarquía sólo se enriquecería-corrompería- uno.
Pero es que en el caso de la república… ¡ocho presidentes a enriquecerse a costa de los ciudadanos!
Puffff, creo que son demasiados.
Quita, quita, me quedo con un rey.
 
abap
 
 

viernes, 23 de mayo de 2014

La agonía de los partidos oficialistas


A un par de días de las elecciones europeas, los partidos que durante los últimos años han estado recibiendo la gran mayoría de los votos de los ciudadanos están al borde de la quiebra en favor de los partidos que alzan su voz contra la actual realidad socio-económica y, especialmente, los partidos antieuropeos, los “euroescépticos”. Y en este grupo de partidos encontramos un amplio espectro de signos políticos, desde la ultraderecha a los liberales.
Partidos como los franceses Frente Nacional, los británicos UKIP, los holandeses Partido por la libertad, o los austríacos FPÖ, están ganando posiciones de manera dramática en las encuestas de intención de voto, cuando no se sitúan al frente de las mismas.
Y hay ejemplos semejantes en otros países europeos como Hungría, Grecia, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Eslovaquia, Bélgica, Italia, Rumanía y Bulgaria.
Su ideología es diversa: unos son ultraderechistas, otros son antisemitas, homófobos, islamófobos, y otros son, simplemente, liberales. Pero lo que es indudable es que todos ellos están ascendiendo en intención de voto en estos comicios europeos.
Pronto veremos el resultado final de los comicios pero, ocurra lo que ocurra, no se pueden pasar por alto estos hechos, y se debería hacer una reflexión profunda acerca de las causas que están produciendo este movimiento, más o menos radical según los casos, en prácticamente toda Europa.
Los motivos por los que esto se está produciendo ya los hemos avanzado en el post anterior cuando hablábamos del Frente Nacional francés, pero conviene repasarlos y profundizar algo más en ellos.
En primer lugar, a estas alturas ya debería ser claro para todos que los ciudadanos europeos no sólo están insatisfechos sino que están muy defraudados con la clase política y con las decisiones tomadas por estos al margen de su electorado y, con mayor delito como en el caso español, al margen del programa que el partido actualmente en el gobierno presentó y prometió a sus votantes.
Una clase política que, en la gran mayoría de los países europeos, son sospechosos y/o están imputados en casos de corrupción.
Una clase política que ha sido comprada e instrumentalizada por el gran poder para perpetrar acciones que en ningún caso están dirigidas al bienestar de los ciudadanos sino que son sospechosas de favorecer intereses perversos. Acciones soportadas por mentiras y falacias bien argumentadas pero, finalmente, inaceptables para los ciudadanos.
Una clase política que ha desplegado, en primera persona, todo el conjunto de medidas socio-económicas que configuran la realidad tanto nacional como europea, verdaderos artífices de tanto despropósito y que no pueden, ahora, presentarse como una opción crítica a la situación actual.
Una clase política sorprendentemente  incapaz;  incapaz de pensar por sí misma, incapaz de la más mínima reflexión intelectual para presentar medidas de cosecha propia y que se limita a obedecer los mandatos de esos grises y deslegitimizados burócratas europeos del corte de Van Rompuy, Olli Rehn, etc., tan grises y anodinos como bien mandados por los que, en realidad, dictan esas medidas perversas.
Sin embargo, los ciudadanos sí hacen críticas, en mayor o menor medida, tanto a esas medidas como a la mano ejecutora.
Y con los partidos oficialistas sorprendidos en fuera de juego, sin nada que ofrecer a la ciudadanía, surgen nuevas opciones políticas que conectan directamente con el descontento alzando su voz apuntando directamente  a las cuestiones verdaderamente sensibles a los ciudadanos.
La evidente consecuencia de todo esto es el descrédito de los partidos oficialistas y el auge de nuevos movimientos políticos dispuestos a satisfacer las necesidades ciudadanas.
El ridículo nivel de los líderes de estos partidos y su nula capacidad de liderazgo, su ciega obediencia a designios externos, la sistemática defensa de los intereses de las instituciones financieras en detrimento del bienestar –incluso el más mínimo bienestar- ciudadano, su manifiesto antipatriotismo por más que se cuelguen el cartel de salvapatrias, el abuso legislativo que conlleva el vergonzante desarrollo de un conjunto de leyes encaminadas a su propia autoprotección y a la de sus verdaderos y oscuros jefes a costa de las libertades individuales más básicas para un sistema que llaman “Democracia", etc., etc., etc., hacen que la ciudadanía, harta ya de tanto despropósito, comience a darles la espalda.
Uno se pregunta por el verdadero nivel intelectual de estos partidos, que en ningún momento pusieron coto a los desmanes de sus jefes, que nunca se plantearon el advenimiento de esta situación y que, ahora, están muy cerca de una muerte inducida por sus propias acciones, por sus propios méritos.
Curiosamente, estos señores –calificativo excesivo para estos impresentables disfrazados de presentabilidad- tachan de “antisistema” a los ciudadanos que manifiestan en la calle su insatisfacción por la actuación de aquellos que se empeñan en definirse como defensores del pueblo, ignorando al pueblo, e ignorando asimismo que los verdaderos antisistema son ellos, ante los que deberíamos organizar una cruzada para eliminarles de todas y cada una de las instituciones de este país.
Ellos son los verdaderos antisistema.
Ellos son los individuos de los que verdaderamente tenemos que defendernos.
Por otra parte, si se analiza los asuntos que estos partidos debaten en la actual campaña electoral europea, uno no puede más que echarse a llorar por el ínfimo nivel intelectual desplegado: que si tú eres un machista, que si hace dos años tú insultaste a un jugador de fútbol, que si yo soy más intelectual que tú, que si tú dijiste esto, que si tú dijiste lo otro, etc., etc., etc.
Todo ello al más puro estilo “Sálvame DeLuxe”.
Tan patético como injusto para la sufrida ciudadanía española, que no se merece este atajo de tuercebotas.
Sin embargo, de los problemas que realmente sufren y afectan a los ciudadanos, ni una sóla palabra: la generalizada corrupción política y empresarial (porque parece que se olvidan que detrás de la corrupción de un político hay una empresa corruptora detrás que, sorprendentemente, se va sin sufrir un rasguño y dispuesta a untar al siguiente para llevarse “el gran contrato”, el de los centenares de millones de euros a cambio una corruptela valorada en un par de milloncejos, mucho para los mortales, migajas para ellos, y desproporcionada en comparación con el pastel que se llevan: prácticamente, todo el presupuesto nacional); el impresentable e inaceptable nivel de desempleo en nuestro país; el desastroso, perverso e inaceptable diseño de Europa; el favoritismo desplegado hacia los estamentos económico-financieros en claro y flagrante perjuicio de la ciudadanía (los “paganinis”); el oscurantismo desplegado en las ayudas a las entidades financieras; el mayor oscurantismo, si cabe, acerca de los motivos reales por los que España soporta una insoportable –valga la redundancia- Deuda Soberana y que si esto llegara a trascender, entonces sí que veríamos lo es una ciudadanía enfadada; etc., etc., etc.
Pero claro, ¿qué van a decir de todo esto?
El problema -para ellos- es que no pueden decir nada porque tanto el PP como el PSOE han sido los artífices de adoptar todas las medidas que han llevado a esta situación, aunque es de justicia admitir que los primeros se han llevado la palma y son los merecedores de la Medalla de Oro. La Medalla de Oro a la obediencia a eso que ahora se llama “Mercados financieros”, así como Medalla de Oro a la traición a la ciudadanía a la que dicen defender.
Por eso desde esta humilde tribuna proponemos que esta vez se acuda a votar. Es necesario votar ya que es la única fisura al alcance de los ciudadanos en esta canallada llamada pomposamente Democracia (y que, si esto es democracia, yo soy marciano).
Sólo “nos dejan” hacer una jugada cada cuatro años (eso sí, “tutelados” por los medios de des-información).
Del resto ya se encargan ellos...
Por supuesto: ni PP ni PSOE.
“#niPPniPSOE”.
 
 
abap
 

martes, 20 de mayo de 2014

La ausencia de liderazgo y la ultraderecha francesa


 

El Frente Nacional francés, con Marine Le Pen al frente, dio un mitin en París el pasado domingo 18 de Mayo de 2014 con motivo de las elecciones al parlamento europeo en el que soslayó el mensaje antisemita y xenófobo y se centró en reivindicar sus posiciones antieuropeistas, a la vez que repartió duras críticas a la globalización neoliberal, a la Unión Europea, a los grandes partidos, a la política socio-económica que tiraniza el mundo, al proyecto euro, a la política monetaria europea, a la gris burocracia europea plegada al poder financiero, etc., etc.
Y, sorprendentemente –o no tanto-, ensalzó la figura de Vladimir Putin al que retrató como un patriota enfrentándose a oscuros y taimados intereses estadounidenses.
El discurso del Frente Nacional, a diferencia de los partidos oficialistas, afronta y cuestiona los aspectos socio-político-económicos que realmente preocupan a la población francesa. Mientras los partidos oficialistas se empeñan en una cruzada estéril en defensa del inaceptable statu quo, el Frente Nacional, actuando con la independencia de no deberle nada a nadie y libre de cargas ajenas a sus propios intereses, cuestiona y descarna uno a uno todos los males que están ahogando a Europa y a los ciudadanos europeos, ganando la posición a sus adversarios y dejándoles en total evidencia ante la ciudadanía. Tan es así que, a una semana escasa de los comicios, el Frente Nacional encabeza las encuestas de intención de voto, algo impensable en Francia para un partido de ultraderecha a pesar de relativos éxitos no muy lejanos.
Y, mientras tanto… ¿qué hacen, qué dicen sus adversarios, “los grandes partidos” franceses?
Pues, al igual que en España, lo de siempre; nada nuevo, nada ilusionante. Dicen lo de siempre, y prometen lo que hasta ellos mismos saben que no van a cumplir.
Ellos mismos se han convertido en la oscuridad, la nada.
En el preocupante contexto europeo, los partidos oficialistas no hacen criticas importantes; todo está bien…
Es decir: a la gran mayoría ciudadana y a la extrema derecha le preocupa la situación; a los grandes partidos oficialistas, a los partidos amarillos, no sólo no parece preocuparles la situación sino que, a más gloria, la defienden.
La consecuencia de esta situación, tan delirante como inaceptable, es que la extrema derecha les está ganando la partida a los oficialista, por méritos propios y por deméritos ajenos.
Y la facción oficialista, en una ceguera que se antoja crónica, no es capaz de analizar adecuadamente la situación y reaccionar de manera eficiente.
Aunque quizás ya no puede. Quizás la instrumentación de los partidos políticos “de masas” a manos del gran poder, en la consecución de sus perversos intereses y en claro enfrentamiento con los intereses de la ciudadanía, ha desgastado a estos partidos hasta tal punto que ya han perdido, de manera irreversible, la poca credibilidad que les quedaba.
Parece oportuno recordar la corrupción generalizada que se ha incrustado en estos partidos, que a cambio de las “30 monedas de plata” que les concede el gran poder para cerrar los ojos a sus desmanes, venden a sus ciudadanos –a sus propios votantes- en una rebaja moral tan flagrante como impune, y que pone en peligro la ética social más básica.
Quizás los partidos oficialistas al uso ya es una fórmula quemada.
Quizás los partidos oficialistas al uso ya están muertos.
Por méritos propios.
Mientras tanto, la ultraderecha gana terreno.
Y más allá de la obvia inquietud por un potencial éxito de la extrema derecha francesa, se atisban indicios de una situación más preocupante, y se hace muy frustrante ver cómo la historia se repite, una y otra vez, cometiendo los mismos errores.
¡Los mismos, una y otra vez!
Y el problema -el gran problema- es que no hay razón por la que no deban repetirse, tras los errores, las subsiguientes tragedias.
Vayamos por partes.
Los “grandes partidos”
Estos partidos, los que sistemáticamente han acaparado mayoritariamente el voto de los ciudadanos, han perdido sus señas de identidad. Los escándalos y los indicios de connivencia con el poder los han quemado y ya no ilusionan. Su sometimiento -o mejor dicho, su control- por parte del poder (el poder real, el poder financiero, o como se le quiera llamar) se hace patente cada día, y los ciudadanos ya no se fían y no cuentan con ellos para conducir los cambios que la sociedad pide a gritos en estos primeros años del siglo XXI.
La ausencia de liderazgo
Ya no hay líderes en el mundo.
O, al menos, no están donde deberían estar: al servicio de los ciudadanos.
Un dirigente político con personalidad y capacidad de liderazgo, incluso hasta con ideas propias (!!!!!), “no debe” jamás llegar al poder porque quizás (acaso, tal vez) tome decisiones... ¡a favor de los ciudadanos!  Es peligroso para los intereses de “los de siempre”.
Por eso debemos acostumbrarnos al bajo –ínfimo- perfil de los políticos al uso: Rajoy, Hollande, Obama, el afortunadamente defenestrado Mario Monti, los oscuros funcionarios europeos Durao Barroso, Van Rompuy, Olli Rehn, etc., etc., etc., con los que no podemos contar para nada (para nada bueno…) más que para obedecer a los de siempre.
Es decir, debemos olvidarnos de ellos, nunca van a hacer nada por nosotros.
Los intereses de “los mercados financieros”
Esta élite internacional, sicópata, apátrida y deslocalizada, últimamente denominada “mercados financieros” y anteriormente “el capital”, son los que ejercen el mayor control sobre mundo que jamás se haya producido hasta estos momentos, gracias a lo que se ha dado en llamar “la globalización”, la globalización neoliberal, un invento que se te atraganta a poco que pienses.
Controlan los medios de comunicación (y, por consiguiente, los mensajes oficiales que se introducen de manera inevitable en la mente de los ciudadanos), los partidos políticos (los grandes partidos, los partidos de masas), la economía, los mercados, las materias primas, el poder militar, la diplomacia, etc., etc.
Controlan hasta la ética y la moral de la sociedad.
Lo controlan TODO.
La ciudadanía
Los ciudadanos no están satisfechos; parece haber consenso en esta cuestión.
Pero nada les une, nada aglutina ese descontento.
Ha habido intentos espontáneos, pero no han cuajado (movimientos como 15-M, Occupy Wall Street, y otros).
Esta función de aglutinamiento es la que han jugado, hasta el momento, los partidos políticos, pero ya pocos creen en ellos. La insatisfacción ciudadana no tiene un cauce que recoja y dirija su malestar hacia una operativa real de cambio.
Los errores recurrentes
Cuando terminó la primera guerra mundial –por poner un ejemplo relativamente reciente-, el presidente estadounidense Woodrow Wilson mantuvo una prolongada presencia fuera de su país (por primera y única vez en la historia de Estados Unidos), en Europa, tratando de manera infructuosa de convencer a sus aliados franceses y, especialmente a los británicos, para rebajar las durísimas sanciones que querían imponer a los derrotados, fundamentalmente a Alemania.
Wilson pensaba que esas medidas no iban a conducir a nada bueno. Y finalmente, engañado y ninguneado por los británicos, cansado y aburrido de constantes prorrogas y aplazamientos, tuvo que regresar a su país para atender sus obligaciones presidenciales.
Desgraciadamente, acertó.
Las duras sanciones impuestas a Alemania se convirtieron en el caldo de cultivo de lo que veinte años más tarde se tradujo en la segunda guerra mundial.
El paralelismo inquietante
La situación de esa Europa posterior al fin de la primera guerra mundial, y la situación actual, tienen dos denominadores comunes: el descontento ciudadano (el alemán, en el caso pretérito), y la incapacidad de los gobernantes (los británicos vencedores, que no tuvieron una visión acertada de las consecuencias de sus decisiones, y los gobernantes actuales, de incapacidad manifiesta).
Y asoma una nueva y preocupante semejanza.
La ascensión de Adolf Hitler al poder se produjo entre los vítores de los frustrados ciudadanos alemanes, que se veían acomplejados, desesperanzados e incapaces de remontar una situación de sojuzgamiento por parte aliada. Hitler aglutinó ese descontento y transmitió confianza a los sufridos alemanes, los cuales le llevaron en volandas a la conducción de su país.
En estos momentos, los ciudadanos europeos están insatisfechos y desesperanzados, huérfanos de un liderazgo que dirija su descontento.
Sin embargo, el discurso del Frente Nacional que dirige Marine Le Pen apunta con precisión y hace blanco en los orígenes de ese descontento: la irracionalidad de la actual situación socio-económica, la sospechosa operación “Globalización”, y el fracaso de ese rematadamente mal diseñado proyecto que han querido llamar, en un hurto flagrante de logotipo, “Europa”, esa Europa tan mal parida como frustrante.
El control absolutista que “el poder” está ejerciendo sobre el mundo, y la ofuscación y obcecación en imponer una doctrina económica tan cuestionada como –en opinión de muchos expertos- innecesaria, que inflige un enorme sufrimiento y genera un peligroso descontento en la ciudadanía, hace pensar que esta gente está jugando con fuego.
El descontento ciudadano busca un cauce, un liderazgo ilusionante, y las vías “oficialistas” que se les propone (los grandes partidos) son incapaces, ya no sirven.
Pero la oferta oficial termina ahí, no ofrece más opciones.
La cuestión es: ¿Se va a conformar la ciudadanía con esta paupérrima oferta?
La historia dice que no, que la ciudadanía encontrará una salida, por las buenas o por las malas.
Y… ¿entonces?
Es difícil entender cómo es posible que “los de siempre” vuelvan a cometer, una vez más, los mismos errores.
¿Serán Marine Le Pen y el Frente Nacional un cauce válido para el descontento ciudadano?
¿Se convertirá Marine Le Pen en el Hitler del siglo XXI?
En ese caso… ¿qué ocurrirá a continuación?
El próximo domingo son las elecciones al parlamento europeo, y mostrarán una medida de las opciones reales de la ultraderecha en Francia, la gran Francia, herida y acosada por “los mercados”.
En cualquier caso, y ocurra lo que ocurra, lo cierto es que se lo están poniendo en bandeja.
Veremos qué ocurre en España.
Para el que lo quiera ver, el descontento está ahí, no se puede borrar, y está a la espera de un liderazgo ilusionante.
  
abap
 
(En realidad el título que había pensado es: “La ultraderecha francesa, la ausencia de liderazgo, el gran capital, la globalización, el animal que tropieza en la misma piedra, y dios nos coja confesados“, pero me pareció un poco largo…).
 


martes, 27 de noviembre de 2012

La lucha de clases sigue viva y no tiene ideología


El concepto “lucha de clases” se mantuvo vivo hasta la caída del bloque soviético, y fue a partir de ese momento cuando el mensaje oficial transformó esta idea en un concepto anticuado, “trasnochado”.
Desde entonces prácticamente no ha vuelto a utilizarse porque los defensores de estas tesis se sintieron perdedores. Ellos solitos. Bueno, no exactamente; contaron con la ayuda de los medios de desinformación, que transmitieron la idea de que el marxismo no funcionaba, como había quedado patente con la caída del bloque comunista.
Nunca entendí aquella rendición. Efectivamente, el bloque soviético había caído y dejado al descubierto infinidad de deficiencias en su sistema estructural.
Pero… ¿y el bloque capitalista? ¿Es que acaso no podemos contar por decenas, por centenares, ejemplos de países regidos por un sistema capitalista que son y han sido incapaces de sacar a sus ciudadanos de la explotación y la pobreza mientras sus dirigentes amasan una inmensa fortuna?
En Asia, África y América perderíamos la cuenta de los países que, al igual que el bloque soviético, han fracasado, pero con mucho mayor estrépito, con sus correspondientes sistemas capitalistas.
Pero los medios de desinformación actuaron con eficacia y contundencia, y vencieron a “la resistencia”.
De la misma manera, mientras el bloque soviético se mantuvo vivo, había que entregar un extra al trabajador occidental, a modo de antídoto, para que no coqueteara con ideas comunistoides.
Por entonces era célebre la idea de que la religión era “el opio del pueblo”. Desde entonces, a la religión se le ha añadido el fútbol, los programas del corazón, gran hermano, operación triunfo, etc., etc., y el idiotizante mensaje oficial de los medios de desinformación que se encargan de interpretar los hechos de manera que el ciudadano ya no necesite pensar por sí mismo; lo único que tiene que hacer es trabajar y, al llegar a casa, pincharse la televisión en vena hasta el día siguiente.
Del resto ya se encargan ellos.
¿Cuál es el resultado?
Desde hace unos años los ciudadanos nos hemos vuelto tan estúpidos como se había programado y no olemos el queso aunque se trate de un cabrales curado en cueva asturiana.
Y, por cierto, esto no es monopolio español, sino que es una pandemia mundial, globalizada.
Así, el poder ha sido capaz de camuflarse y convertirse en un ser anónimo, opaco e inexistente, que ha reclutado una caterva de capataces que obedecen ciegamente sus consignas sin hacerse preguntas mientras llenan sus bolsillos con lo que para sus jefes son migajas, y para los ciudadanos son auténticas fortunas.
Ese poder transnacional, en una campaña mundial - “la globalización”-, ha puesto en marcha mecanismos dogmáticos (el librecambio, la libre e instantánea circulación de capitales especuladores por las redes digitales, por ejemplo) a los cuales nadie puede oponerse so pena de ser tachado de ignorante y –de nuevo- anticuado, y se ha hecho con las riendas del planeta.
Es ese poder egoísta, insensible y sicópata, capaz de contemplar impávido – si no provocar-  ese cóctel de miseria y muerte por hambre en el tercer mundo sin tender una mano, y que ahora ha apuntado sus armas al primer mundo, sembrando de dramatismo y destrucción el adormilado y estúpido mundo de los ciudadanos que habíamos soñado con “el bienestar”, para nosotros y nuestras familias, y que ahora asistimos sorprendidos e incrédulos a nuestro propio drama. Pero ahora ya no tenemos necesidad de encender la caja tonta para recibir imágenes, reales pero lejanas, de las penurias del mundo pobre. Ya las tenemos delante, en directo, al alcance de la mano, en nuestro propio mundo y afectando a nuestro entorno más cercano.
Y no deja de maravillar lo bien que “el-poder-real” ha tejido su red así como la precisión y eficacia de sus instrumentos, financieros y mediáticos, verdaderas armas de destrucción masiva.
La verdad es que es para felicitarles…, si no fuera por la enorme perversidad y egoísmo de sus acciones y sus dramáticas consecuencias.
¿Y los capataces?
También llamados “clase política”, asimismo -y al igual que sus amos- sicópatas insensibles, que venden su dignidad al albur de justificaciones con tintes de interés nacional, y a quien no les tiembla la mano para favorecer a sus amos a costa de infligir el sufrimiento que sea necesario a los ciudadanos, supuesto estamento soberano de una supuesta democracia -merced a la peor de las propagandas-, tan emputecida que algunos ya la confunden con una tiranía perfectamente camuflada, la neo-tiranía con adornos de democracia.
Son una nueva “clase”, paniaguada y rentista a costa de los ciudadanos, con una habilidad especial para engañar vilmente a quienes sufragan su traición.
Se atribuyen prebendas escandalosas, favorecen a sus amos, putean a los ciudadanos.
Y no se les cae la cara de vergüenza.
No es necesario que tengan conocimiento alguno, ni siquiera un curriculum vitae mínimo; a cualquier universitario recién licenciado, becario en prácticas de cualquier multinacional, se le exige mejor currículo que al mismísimo presidente del gobierno. Lo único que se le exige a este último es obediencia ciega a “los mercados”; es decir, a los amos. Y para eso no es necesario tener estudios ni -para nada- criterio propio.
No tienen ni iniciativa, ni ideas propias, ni un mínimo conocimiento de algo tan básico para un buen gobierno como es una base de cultura económica.
¡Claro!
Es que si entendieran, aunque sólo fuera un poquito, podrían negarse a obedecer.
Por eso es imprescindible que la clase política sea –prácticamente- analfabeta en materia de gobierno y carente del menor criterio.
Por eso, las últimas generaciones de gobernantes, en todos los países de este planeta, son mediocres. Absoluta y totalmente mediocres.
Y el que extrañamente tiene un mínimo de conocimiento y criterio, no quiere saber, mientras se llena el bolsillo de manera ilícita e indigna con la aprobación de sus amos y la ignorancia de sus gobernados.
Así, obedecen a sus amos sin rechistar, sin importarles ni un pimiento las consecuencias que sus acciones ejercerán sobre los ciudadanos.
Son insensibles, paniaguados, una nueva clase de “castrati” que ponen su fino canto en escena interpretando la partitura que sus amos han escrito, en una representación perfecta que, desgraciadamente, los ciudadanos, en nuestra estupidez, aplaudimos y apoyamos en un absurdo ejercicio de supuesta democracia.
 Son los que, de manera indecente, solicitan su voto cada cuatro años con promesas que, una vez en el poder, son perfectamente ignoradas.
¡Y aun así se sienten respaldados por las urnas!
Y no se les cae la cara de vergüenza.
Hoy la lucha de clases es más real que nunca, aunque en realidad nunca dejó de tener razón de ser, aunque así nos lo hayan intentado introducir en nuestras neuronas.
La lucha de clases no tiene las connotaciones ideológicas, recurrentemente marxistas, que pretenden otorgarle. La lucha de clases es algo intrínseco en la naturaleza del ser humano cuando es injusta y abusivamente oprimido por un poder  abusivo. Es una característica diferenciadora y patrimonial del ser humano, independientemente de la ideología que profese. Sigue siendo, simplemente, la lucha del débil contra el abuso del fuerte, como ha sido desde que el mundo es mundo.
Pero ahora ya no es el obrero frente al patrono.
Ahora es el ciudadano, en la sempiterna y total indefensión, el que debe luchar para salvaguardar su entorno más básico contra el atraco impune que perpetran los amos del mundo, los llamados “mercados”, que no son sino ese gran capital  transnacional, tan especulativo como improductivo, egoísta y sicópata.
Y con la connivencia y colaboración de la indigna y traidora clase política que no nos merecemos.
O sí…
Porque cuando la clase política lanza sus cantos de sirena cada cuatro años, los ciudadanos, en nuestra infinita estupidez, los reelegimos una vez más, en un pueril, absurdo e irracional ejercicio de masoquismo.
Para que el show continúe…
Realmente, debemos reconocerlo:
Tenemos lo que nos merecemos.

abap

domingo, 12 de agosto de 2012

J. M. Sánchez Gordillo y la última cruzada


Si antes lo decimos, antes comienzan.
Sólo han transcurrido unas pocas horas y la maquinaria ya se ha puesto en marcha a todo gas: La caza, el acoso, el engaño, la confusión, las verdades a medias, el juego de palabras, los datos “incuestionables”, la burla, el desprestigio, la parodia… En resumen, el esperpento del tan acertadamente titulado “cuarto poder”.
Las bocas agradecidas ya han recibido consignas y los medios de des-información ya echan humo: Hay que acabar con Sánchez Gordillo y el SAT (Sindicato Andaluz de trabajadores) y, de paso, con el incómodo Gaspar Llamazares, que una vez más ha dado muestras de honestidad y coraje.
Hoy he tenido que abandonar la caja tonta –la televisión, aclaración para los más jóvenes- por una subida de asco.
Un asco feroz que agredía peligrosamente mi nivel de tolerancia tras comprobar -maldito profeta- como el anuncio se hacía realidad: la persecución incoherente y falta del más mínimo rigor de esos autodenominados periodistas independientes, modernos inquisidores y vergonzantes bocas agradecidas, está tomando forma de cruzada.
Tan intenso ataque es prueba indiscutible de lo grande, genial, inteligente y efectiva que ha sido la acción de esas personas corrientes, que han desafiado la ofuscada y pusilánime actitud del gobierno, así como los títulos universitarios, los másteres MBA, y los currículos VIP de “los genios” que lo conforman.
Y no pueden permitir que unos humildes trabajadores, unos “don-nadie”, pongan en jaque al tan tecnocrático gobierno de esta nación.
¡No se puede permitir!, han consignado.
¡Duro con ellos!, han ordenado.
Y las bocas agradecidas, mansas y obedientes con ellos, sanguinarias e impías con el objetivo, ya han entrado en su vergonzosa y perversa faena.
“Que si cobras tanto, que si posees esto, que si en su día votaste aquello, que si vuestra acción ha sido un robo, que si eres un magnífico actor que trata de engañar al país, que si eres un rojo, que si eres un comunista trasnochado, que si esto va en contra del –ampulosamente denominado- estado de derecho…”
Estado de derecho… ¿Del derecho de quién?
Del derecho… ¿de los ciudadanos?
¿Del derecho ciudadano a NO protestar, a  NO  ser escuchado, a  NO  denunciar, a  NO  discrepar, a  NO  ser tenido en cuenta, a  NO  ser cuidado, a  NO  ser enseñado, a  NO  ser defendido, etc., etc., etc., etc., etc.?
¿Del derecho ciudadano a observar impasible el aniquilamiento del estado del bienestar?
¿Del derecho ciudadano a  NO  exigir que no se haga latrocinio con su aportación al estado?
¿Del derecho ciudadano a  NO  reclamar que el estado ha de ser soberanía del ciudadano y no de las multinacionales o de los psicópatas poderes financieros?
¿Del derecho ciudadano a pasar penurias, incluso hambre, debido a las criticables y dudosas decisiones de unos pocos en el gobierno, actuaciones de objetivos oscuros?
Pues si esto es un estado de derecho, yo soy cura.
Si esto es un estado de derecho, no gracias, espero al siguiente.
Si esto es un estado de derecho, por favor que alguien resucite al general, que últimamente no me reconozco cuando afirmo, muy alterado, que él nunca habría permitido lo que ahora está ocurriendo, y que muchos auténticos ladrones estarían entre rejas.
Y es que las cosas han cambiado.
Antes no teníamos derecho a manifestarnos.
Ahora tenemos derecho a no manifestarnos.
Antes sabíamos que los medios de comunicación estaban manipulados por el régimen.
Ahora siguen en manos del régimen pero, a diferencia de la etapa anterior, no lo parece.
Pero los perros mantienen los mismos collares.
Y es que todo parece indicar que “el teatro” es real.
“Parece” que los diferentes medios de des-información tienen ideologías contrapuestas, y “parece” que defienden intereses distintos: Unos parecen de izquierdas, otros parecen de derechas; unos parecen monárquicos, y otros parecen liberales; unos parecen ejercer su deber “democrático” de denuncia, y otros parecen ejercer la denuncia democrática; unos parece que controlan posibles desmanes del gobierno, y otros parece que controlan el gobierno de los desmanes. Unos parecen defender “la democracia”, y otros parecen que defienden los derechos democráticos.
Bla, bla, bla, bla.
¡Mentira! ¡Todo es mentira!
Trabajan para el que paga, para el que ostenta el título de propiedad de esas empresas.
Y es que esas empresas pertenecen a alguien, y ese alguien no son, precisamente, los ciudadanos y sus derechos.
Y ese “cuarto poder” es ahora puesto a disposición del des-gobierno. Barra libre para la utilización de los mass-media en la cruzada contra el peligroso talibán (me ha extrañado que no hayan acusado al Sr. Sánchez Gordillo, con ese vistoso pañuelo que lleva al cuello, de pertenecer a Al-Qaeda. Cuidado Juan Manuel…).
Y es que este gobierno, actuando con la recurrente legitimidad “que le dan las urnas”, con un sentido autocrítico nulo, prefiere seguir mirando hacia otro lado sin querer ver las consecuencias de sus actuaciones.
Y este gobierno, en su narcisista afán por preservar su obsesiva y pontifical infalibilidad, prefiere pensar que tiene la razón de su lado y que “no se puede hacer otra cosa”. Porfían en su actitud, no admiten la posibilidad de que se estén confundiendo, y no escuchan lo que ya es un clamor, tanto dentro como fuera del país.
Y por supuesto, lo de dimitir… suena a música celestial.
Es que todavía le quedan “misiones” que cumplir, y palmaditas en la espalda que recibir.
Complacientes palmaditas en la espalda de aquellos que SÍ son ladrones, ladrones de guante blanco, ladrones de cientos de millones de euros, que su codicia les ha convertido en seres insensibles, tristes psicópatas que no dudan en llevar a millones de personas a soportar situaciones injustas de penuria, ni dudan en llevar a la muerte por hambre a millones de seres humanos a los que no permiten sacar cabeza si pueden robarles un puñado de dólares.
Y, por increíble que parezca, estos psicópatas son globalmente admirados. Aparecen en los noticieros y copan las portadas de las grandes revistas, haciendo apología de sus gestas financieras, admirando su capacidad para producir dinero.
¡Dinero!
Maldito y sucio parné, que obsesiona y transforma a los seres humanos, otorgándoles una perversidad y una depravación sin límites.
Pero este gobierno caerá. De esto no tengo la más mínima duda.
El problema es que caerá cuando este país ya haya llegado a la quiebra y su incapacidad ya no se pueda escamotear.
Este gobierno, sin ideas propias y títere de los poderes financieros internacionales, está dando muestras de su carácter pusilánime pretendiendo sacar al país de este atolladero sin enfrentarse a nadie: sin enfrentarse al banco central europeo, sin enfrentarse al fondo monetario internacional, sin enfrentarse a la gran Alemania, sin enfrentarse a “los mercados”, sin enfrentarse a la banca privada, sin enfrentarse a las multinacionales.
Y su ínfimo nivel de coraje y su baja catadura moral hace que sólo se atreva a enfrentarse con el estamento más débil: la ciudadanía, a la que subyugan a golpe de ley y decreto.
Su pretendido prestigio no puede permitir que su única presa se le enfrente y le ridiculice.
Y mucho menos unas personas corrientes, con una formación académica justa pero con cabezas privilegiadas, ideas claras y, sobre todo, sensibilidad social, sensibilidad humana.
¡No se puede permitir!, han consignado.
¡Duro con ellos!, han ordenado.
Y las bocas agradecidas, mansas y obedientes con ellos, sanguinarias e impías con el objetivo, ya han entrado en su vergonzante y perversa faena.

abap


sábado, 11 de agosto de 2012

Juan Manuel Sánchez Gordillo

A estas alturas a nadie le puede sorprender que este humilde blog esté en total desacuerdo con las políticas económicas de este gobierno, tras manifestarlo reiteradamente artículo tras artículo.
Y al igual que este, muchos otros en la red se manifestan en contra, advirtiendo del gran peligro que supone para el país y para sus ciudadanos las decisiones que este gobierno, pusilánime e incapaz donde los haya, está tomando a pesar de que las reacciones a todas sus actuaciones les dicen, tozuda y sucesivamente, que se están confundiendo.
Pero las opiniones en la red son como si no existieran; sólo existen los medios de des-información oficiales del estado, que transmiten a la ciudadanía el mensaje oficial del actual régimen.
Pero es que no sólo blogs anónimos e independientes están clamando por un cambio de política económica. Figuras mundiales prominentes entre los que destacan los premios nóbel Paul Krugman o Joseph Stiglitz se suman al clamor que advierte que estas políticas sólo conducen a una profundización de la recesión que padecemos.
Uno tras otro, no importa quién opine, son maltratados y ridiculizados por políticos y medios de des-información, erigiéndose en ilegitimados oráculos del llamado “neoliberalismo” imperante que es una manera sutil y eufemística de denominar el expolio rampante y avaricioso que los llamados “mercados”, que no son otra cosa que los poderes financieros mundiales, están llevando a cabo con total impunidad.
Y los gobiernos de los países afectados (casi todos, incluso los “pata negra”) no son más que sumisos títeres, a pesar de toda la apariencia de capacidad y poderío que pretenden mostrar.
No importa quién diga, ni qué diga. Cualquier denuncia, cualquier manifestación en contra de la corriente oficial es sistemáticamente bloqueada por los obedientes y eficientes medios de des-información, y la esperanza de influir un cambio en la actual situación económica y del expolio al que estamos siendo sometidos los ciudadanos del mundo se presenta totalmente inútil.
No se atisba salida alguna para las personas corrientes del planeta más que agachar la cabeza y pencar con estoicismo todo lo que nos están haciendo sufrir esas personas, insensibles y psicópatas, a las que no les importa ni el sufrimiento de millones de personas ni la muerte por hambre –sí, por hambre, en el siglo XXI de nuestra era- de otro gran puñado de millones de seres humanos. A ellos sólo les importa el control y el poder. Y esa supuesta grandeza que otorga “el éxito”
Y en medio de esta desmoralizadora situación se produce un hecho de una aparente trascendencia menor.
Un grupo de personas, trabajadores corrientes, ciudadanos aparentemente intrascendentes, asaltan dos supermercados en España y entregan el botín de su atraco (leche, garbanzos, lentejas, azúcar, harina, etc., etc.) a gente que estaba pasando HAMBRE.
Nada especial, nada trascendente.
Pero… LA REACCION.
“No vamos a permitirlo”, dice el ministro de interior del orgulloso gobierno español. “No vamos a permitir el desafío a la propiedad privada”.
A continuación, y de manera urgente, se pone en marcha –una vez más- la eficiente maquinaria de los medios de des-información para bloquear esta actuación aparentemente intrascendente pero de un calado que va muchísimo más allá de las apariencias.
Y utilizan métodos estalinistas para desprestigiar a uno de los integrantes de este “feroz atraco”, el señor Juan Manuel Sánchez Gordillo, tachándole de “rojo”, “comunista trasnochado”, “el nuevo Ché Guevara”, “El bosque de Sherwood o la provincia de Sevilla”, “Cómo ser un Ché…”, etc., etc., como si todo eso fuera un insulto.
Pero la realidad es que esta simple actuación va a poner al actual gobierno en una situación muy delicada.
El gobierno tendrá que decidir si va a poner entre rejas a este grupo de humildes trabajadores que han “robado” material valioso (¡¡¡comida para gente necesitada!!!) cuya valoración económica puede estimarse en unos 1.000 euros, mientras mantiene en sus mansiones doradas a otros que se están llevando cientos de miles de millones de euros –que, por cierto, pertenecían a los sufridos ciudadanos entre los cuales están los hambrientos- y que son admirados y bendecidos por el statu quo.
Ahora el gobierno deberá decidir qué hacer, y tendrá que definirse.
Por el momento hay siete detenidos.
Veremos qué hacen con ellos…
“Por sus actos les conoceréis”.
La denuncia que grandes voces como Krugman o Stiglitz no han sido capaces de trascender, la va a conseguir un puñado de trabajadores del campo, humildes pero grandes, orgullosos y lúcidos que, de una manera tan simple como magistral, acaba de poner en un gran brete al actual gobierno.
Su denuncia es clara y contundente, y también su determinación: El hambre ya está aquí, y no vamos a permitirlo.
Gracias y enhorabuena a Juan Manuel Sánchez Gordillo, Andrés Bódalo, José Caballero, F.J.M.C., Néstor Salvador, Diego Cañamero, y a todos los demás cuyo nombre desconozco.
Grandes, enormes, geniales.

abap

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