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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Podemos. Crónica de un fracaso anunciado

 



Desgraciadamente, se va a perder una de las mejores oportunidades que la ciudadanía ha tenido en las últimas décadas para mejorar eso que llamamos “Estado” y que, desde hace un par de décadas, y de manera clandestina, está siendo transformado en un circo: fiesta y distracción para los más, y un botín irrenunciable para los menos. Y que me perdone el mundo circense por asimilarles a los ladrones psicópatas que nos están engañando para robarnos todo lo que pueden, y que quieren seguir robándonos más. Más todavía…
Podemos asomó por sorpresa y, de manera inmediata, se convirtió en el esperado Mesías, el salvador de la ciudadanía, el campeón de la justicia, el látigo de los malos. Cuando todo parecía perdido apareció la llama de la esperanza en forma de un discurso que hablaba alto y claro, denunciaba el saqueo al estado, y proyectaba la esperanza de un estado por y para los ciudadanos.
El statu quo, confiado, no sólo tardó en reaccionar sino que lo hizo –y todavía lo hace- rematadamente mal. El argumentario sigue siendo torpe, y los voceros que pone en primera línea en los medios de comunicación se muestran igualmente torpes e incapaces en sus intervenciones. El statu quo fue cogido por sorpresa, no se esperaba semejante apoyo popular a los indeseables antisistema nacidos el 15-M. Y no están preparados ni para combatir los argumentos sólidos de Podemos, ni para defender los desmanes de su avaricia.
Tras su irrupción en el sorprendido mundo político, Podemos inicia un “rally alcista” que los malos no solamente son incapaces de parar sino que, sorprendentemente, todos los intentos en esa dirección no hacen sino alimentar a la bestia.
Y, sin embargo, unos pocos meses más tarde, el globo parece deshincharse.
Pero no por los aciertos de los malos, sino por los errores y las limitaciones de los líderes de esta rebelión ciudadana.
La realidad es que los protagonistas de Podemos está siendo incapaces de conectar con los votantes naturales que deberían llevarles a los cielos, y las encuestas no hacen sino confirmar su descenso hacia el desgraciado anonimato.
Y dada la trascendencia que va a tener para esta formación política -y para la ciudadanía- las consecuencias de esa incapacidad para aprovechar su momento, la que va a ser su primera y única oportunidad para hacer algo “por la patria”, queremos hacer un breve análisis de los motivos o, mejor dicho, de los errores que han cometido y se siguen cometiendo desde esa formación:
 
1.   No son capaces de superar la etapa “crítica”.
Cuando Podemos irrumpe lo hace con una crítica dirigida a la clase política, “la casta”. El discurso es brillante, los argumentos incontestables, y la aceptación del discurso entre la ciudadanía descontenta es general.
Podemos “arrasa”.
Sin embargo, meses más tarde el discurso no cambia, y las críticas a la clase política cansan por recurrentes (no por injustas, inconvenientes, o poco convincentes).
Y es que para gobernar hay que hacer propuestas. No se gobierna desde la crítica, sino desde la inteligencia, la creatividad y el coraje.
Al menos, eso es lo que se espera -o esperaba- de Podemos.
Una vez completada “la fase crítica”, su presentación en sociedad, se esperaba el comienzo de “la etapa de la construcción”, en la que Podemos debía dar la gran lección magistral de buen gobierno: de enfrentamiento inteligente a la avariciosa élite económica, de presentación de propuestas innovadoras capaces de transformar la sociedad española, de otorgar –por primera vez en la historia- el poder a la ciudadanía, de hacer partícipe al ciudadano en las decisiones del estado, y de desarrollar el país de manera inteligente. Se esperaba, en resumen, las propuestas de Podemos para crear una sociedad modélica en el panorama internacional (bueno… a ver… todo esto si se lo permitieran, claro, y mucho me temo que los malos no estarían por la labor; para los incrédulos, véase los casos cubano, chileno, venezolano, boliviano, ecuatoriano, etc., etc., etc.).
Pero Podemos “se quema” con las críticas, y las propuestas son escasas, confusas y, en ocasiones, contradictorias. Podemos no se esfuerza por presentar y defender sus propuestas. ¿Es que acaso no las tiene?  ¿Es Podemos una opción seria y real de gobierno?
Ellos siguen con la crítica a la actual clase política, no remontan, y no parece ser su estrategia el mostrarse como potenciales gobernantes sólidos.
¿No es increíble semejante torpeza?
Y así comienza la desconfianza de los ciudadanos hacia la capacidad de gobierno de Podemos, y su consecuente caída en las encuestas que miden la intención de voto ciudadana en las próximas elecciones generales.
Y es que una cosa es criticar desde las aulas, y otra bien distinta es sentarse en La Moncloa.
 
 
2.   Tienen serios problemas de comunicación
 
¿Sorprende esta afirmación? (referida a los supuestos campeones de la comunicación).
No debería. Porque una cosa es el mejor o peor manejo de las técnicas y herramientas para acceder a las denominadas “redes sociales”, y otra cosa bien distinta es el contenido del mensaje.
Al principio todo fue bien, y el mensaje -las críticas- llegaba y calaba en el ciudadano.
Pero hay cosas que no van bien y surge la duda de que, incluso, las estén contemplando: 
-          ¿Acaso todos sus potenciales votantes están involucrados en las redes sociales? ¿O es que sólo pretenden el voto de las nuevas generaciones? ¿Quieren así acceder a La Moncloa?
-          Sus manifestaciones son, con frecuencia, contundentes y argumentadas; pero también dejan un poso de prepotencia (lógico y normal, porque su grado de preparación es muy superior al de la gran mayoría de sus oponentes) que se rechaza y aleja a muchos potenciales votantes.
-         Pablo Iglesias sigue empeñado en aparecer “chistoso” en sus comparecencias públicas, pero él no es Monedero. Él es Pablo, y entre sus virtudes no está la gracia. Ni falta que le hace.
-          Pablo sigue frunciendo el ceño, chasqueando la lengua, empeñado en sus recurrentes críticas, utilizando el mismo tono irónico, y manteniendo las distancias intelectuales.
-          Son un círculo autosuficiente, cerrado, e inasequible. Al menos eso es lo que transmiten. Son un grupo de amigos que, fundamentalmente, se conocieron en el entorno universitario, y que se saben capaces. Y ese grupo parece que “se reserva el derecho de admisión”.
Pablo, Juan Carlos, Iñigo, Carolina, el otro Pablo, Rafa, Miguel, Teresa… y poco más. Son un grupo compacto, pero también impermeable.
¿Y la participación de los demás? ¿O es que esa participación es sólo “cuando toca”?
¡Ah!, ¿Qué eso no es así? Bueno, en el mejor de los casos, no se trata de lo que es, sino de lo que parece.
 
3.   Son una élite intelectual
Se muestran como un selecto grupo de intelectuales que llevan muy a gala su calidad de docentes en la universidad.
Todo indica que Podemos conecta perfectamente con “la intelectualidad”, pero no con quien debería ser su “target”, el que le ha de llevar a gobernar España: el ciudadano de a pie. El mensaje de Podemos, el argumentario, no es fácil de asimilar por personas que no posean una formación y una capacidad de reflexión mínima, lo que no deja claro si están identificando correctamente a sus potenciales votantes.
Y, sin embargo, la torpe y cutre argumentación de “la casta” parece que sí conecta con la ciudadanía y, por incomprensible que parezca, suben en intención de voto. Todo indica que la genial idea “Hacemos lo que tenemos que hacer” arrasa en las entendederas de la ciudadanía, y este pequeño detalle se le está escapando a Podemos, que no es capaz de ver e interpretar este absurdo –pero real- fenómeno.
Mientras Podemos no conecte con el ciudadano sencillo, no tendrá la más mínima opción.
 
 
4.   El asunto IU

Por más que la historia de IU y sus mediocres resultados históricos (a lo que hay que sumar el preocupante resultado obtenido, al contrario que Podemos, en las últimas elecciones europeas) legitime la estrategia de Podemos con respecto a IU, la actitud mostrada hacia la izquierda tradicional no ha sido ni generosa, ni justa, ni adecuada. La prepotencia mostrada por Pablo Iglesias y por Podemos en general en una no-existente negociación con esta formación política, le pasará factura a Podemos tarde o temprano.
Ni IU ni Alberto Garzón se merecían semejante desplante.
Y está por ver (o quizás, desgraciadamente, ya se esté viendo…) que la estrategia seguida por Podemos haya sido la adecuada.
Es imposible luchar con una derecha unida desde una izquierda fragmentada, cuando no enfrentada.
Independientemente de que IU obtenga lo que ha cultivado durante los años de su existencia, su honestidad no merece el tratamiento que le ha deparado Podemos, quien ha perdido una magnífica oportunidad de unir a una gran parte de izquierda, y poder asediar la supuesta “izquierdidad” del PSOE.
Y si la estrategia de Podemos es esperar la caída de IU como fruta madura, es mejor que se siente a esperar y no descarte que en un futuro no muy lejano IU le ponga el intermitente y le pase por la izquierda.
Pero esto no está en los cálculos de Podemos. ¿A que no?
 
5.   El funcionamiento interno de Podemos
Podemos es un movimiento asambleísta y participativo.
Suena bien.
Pero… ¿cuál es la realidad de esta forma de funcionamiento?
No quiero entrar en la dificultad o imposibilidad de construir algo entre muchos.
La idea de que entre miles de personas se redacta un texto suena a música celestial.
El hecho es que el grupo que actualmente lidera Podemos ha recibido severas críticas internas por una supuesta falta de funcionamiento democrático.
Tampoco quiero entrar en qué es el “funcionamiento democrático”, pero la credibilidad del actual funcionamiento interno de Podemos es, cuanto menos, cuestionable.
Posiblemente, los  procedimientos de trabajo de los partidos tradicionales sean muy mejorables, pero no consigo ver una infraestructura política cohesionada y consistente a través del funcionamiento independiente de los círculos de Podemos. Se fundamenta en la buena voluntad, en eso que no se cansan de llamar –y ya aburre un poquito- “el ADN de Podemos”. Y eso -lo siento, señores- no es garantía de nada.
Si esto no cambia, no habrá un Podemos, sino cientos de Podemos.
Y en las próximas elecciones municipales, la cúpula de Podemos seguirá sin atreverse a presentarse a dichos comicios porque ni ellos mismos creen en la coherencia de su “infraestructura”.
¿Por qué, si no, han descartado presentarse en las últimas elecciones municipales?
¿Quién se atreve a confiar en la coherencia de una candidatura de un círculo de Podemos en cualquier rincón de España, en total desconexión jerárquica, ni siquiera informativa, con la cúpula del partido?
Es posible que Podemos no tenga la necesidad de defenderse, al contrario que otros partidos, de un supuesto nepotismo institucional, pero no parecen estar a salvo del asalto, en cada uno de sus círculos, por parte de buscavidas que ven en la política una buena manera de lucrarse. Y lo saben.
En 2015 decidieron meter la cabeza debajo del ala y decidieron renunciar a presentarse a las elecciones municipales con la “marca Podemos”.
Ellos mismos renunciaron y dieron instrucciones a los círculos para que no se presentaran a los comicios con la marca Podemos.
Pero la argumentación para tal decisión no encaraba el problema de la independencia de los círculos y su imposible confiabilidad para presentarse con la etiqueta Podemos.
Y mientras esto no se encare, será imposible que Podemos presente las actuales 8.122 posibles candidaturas, una por cada municipio existente en este país, con un mínimo de garantía.
Dado que Podemos se constituyó unos pocos meses antes de esos comicios, se aceptó –a regañadientes- que no se presentarían en las últimas elecciones pero… ¿qué van a hacer en las próximas dentro de cuatro años?
Una nueva renuncia a presentarse a las elecciones probablemente significaría el fin de Podemos como opción política real.
Pero… ¿es posible/factible confiar en que las 8.122 candidaturas, supuestamente independientes, sean respaldadas por la marca Podemos y se comporten como tal?
De momento la dirección –ya no sé cómo llamarla- de Podemos no está encarando este asunto que, tarde o temprano, tendrán que abordar.
La independencia de los círculos y la ausencia de dependencia jerárquica con una especie de comité central ejecutivo suena bien, pero está por ver si eso es una opción real.
Lo que no es aceptable, en ningún caso, es una nueva renuncia de “la marca Podemos” a las próximas elecciones municipales.
 
6.   El incomprensible “escaparate” madrileño
Este asunto es el que me resulta más incomprensible de todos, en el que han demostrado, si no ceguera política, sí al menos una miopía que genera enormes dudas en cuanto a sus capacidades de gobierno y de lidiar con problemas complejos y que, a mi juicio, es una de las principales razones del descenso de Podemos en la intención de voto entre la ciudadanía.
El caso es que una vez obtenido un magnífico resultado en las elecciones municipales, y que una negociación con el PSOE les otorga el gobierno del Ayuntamiento de Madrid, a meses vista de las elecciones generales, y ante la fabulosa oportunidad de configurar el gobierno del municipio madrileño (que no es cualquier municipio) y mostrar y hacer un alarde ante los electores de las capacidades reales de gobierno de Podemos (inciertas para algunos, dudosas para otros), teniendo la oportunidad de demostrar que tienen una plantilla poderosa capaz de jugar en primera división... de manera incomprensible… configuran un gobierno en el que alguno de sus miembros son, cuanto menos, cuestionables, con escasa –o nula en muchos casos- experiencia en la gestión de nada, y algunos de ellos “sospechosos” de un pasado okupa.
No es que ser okupa sea algo necesariamente malo, ni que ser inexperto invalida a las personas. No, no es eso.
Es que estamos hablando de Política (con mayúsculas) y de expectativas, tanto ciudadanas como institucionales, y a estas alturas Podemos ya debería saber que juega con hándicap, que va a ser investigado con lupa, y que no puede cometer errores. No es por cuestionar la valía de esas personas sino que, al menos, debería evitar cualquier atisbo de duda y la correspondiente y segura crítica de las acechantes e indignas plumas de los medios de des-información, siempre al servicio del statu quo.
El caso es que la configuración de ese gobierno ha generado una enorme desconfianza entre el electorado en cuanto a la decisión de otorgar a Podemos la confianza de gobernar este país.
La estrategia de Podemos en esta cuestión no sólo resulta incomprensible, sino que deja un poso de inexperiencia – ¿o de provocación?- que obliga a reflexionar al más acérrimo y ferviente creyente.
¿Todavía no se han enterado de a qué están jugando?
¿Acaso creen que están representando una teleserie?
 
A modo de resumen, Podemos está cometiendo demasiados errores, algunos de ellos básicos, y la principal consecuencia es la desconfianza de la ciudadanía y la más que probable pérdida de la que va a ser su primera y única oportunidad de hacer algo grande.
Si no lo consiguen en Noviembre en las próximas elecciones generales, ya no habrá más oportunidades.

Y deberían reflexionar en muchos aspectos, pero entre todos ellos destaca uno: el estúpido y simplón eslogan “Hacemos lo que tenemos que hacer” del muy mediocre Mariano les está machacando, y eso merece una reflexión y una autocrítica muy importante.

 

abap

 

lunes, 1 de diciembre de 2014

La izquierda y la derecha se tocan por sus extremos


El pasado fin de semana, 29 y 30 de Noviembre de 2014, se celebró en Lyon el congreso en el que el ultraderechista Frente Nacional respalda el liderazgo de su presidenta, Marine Le Pen.

El imparable ascenso de esta formación se ha visto favorecido por la decepción que ha supuesto la gestión socialista de Hollande al frente de la presidencia de la república. Si a esto le añadimos el débil regreso de Sarkosy a la presidencia del UMP, todo hace predecir una victoria del Frente Nacional en las elecciones presidenciales que se celebrarán en 2017.

Hollande ni está ni se le espera, y otro tanto ocurre con Sarkosy, al que se cuestiona la oportunidad de su regreso.

A su vez, en España ocurre algo parecido. Al fracaso de la gestión económica y social del Partido Popular desde que ganó las elecciones generales de 2011, hay que sumar el desconcierto en las filas socialistas que a última hora intentan corregir con el lanzamiento de su nuevo producto, Pedro Sánchez, hombre carismático que aspira a convertirse en el líder de la izquierda para los próximos años, en un intento de salvar las próximas elecciones generales que se celebrarán -salvo un poco probable adelanto- el próximo año 2015. Y en este desconcierto generalizado emerge, de manera sorprendente, una formación política con corazón de izquierdas y maneras inéditas en el panorama, me atrevería a decir, internacional: “Podemos”.

La nueva formación política Podemos se mantiene en todas las encuestas, desde su creación, en una línea ascendente que apunta a la victoria en las próximas elecciones generales de 2015.

Hay muchas diferencias entre la formación francesa y la española. Mientras que en el primer caso, el partido francés en ascenso emerge por la ultraderecha, en el caso español lo hace por el otro lado, por una izquierda que, sino extrema, es al menos alejada de los postulados sustentados por la supuesta formación de izquierdas actual, el autodenominado “Partido Socialista Obrero Español”. Los corazones, el sentir, y los postulados fundamentales de las formaciones francesa y española son diametralmente opuestos.

Y, sin embargo, de manera sorprendente, el discurso de ambas formaciones es de una analogía sorprendente:

·      Ambos cargan contra los gobiernos en el poder, a los que acusan de dar la espalda a la ciudadanía.

·      Ambos invocan a la soberanía nacional, en detrimento de la venta de esta, en forma de saldo, al gran capital internacional.

·      Ambas formaciones denuncian una Europa sospechosamente mal diseñada y en manos de la oligarquía económica internacional, una Europa que cuestionan en un intento de reconversión hacia un proyecto auténticamente europeísta y ciudadano.

·      Ambas formaciones dicen pretender la devolución de la soberanía a los ciudadanos.

·      Los analistas políticos de ambos lados de los Pirineos coinciden en que las dos formaciones están siendo aupadas tanto por un discurso inteligente que conecta con las preocupaciones reales de los ciudadanos, como por la decepción que están suponiendo los actuales gobiernos de los dos países, a los que ambos partidos acusan de gobernar para las multinacionales a costa de la penuria de los ciudadanos.

Lo único que les diferencia, fundamentalmente, es el tratamiento de la inmigración, en el que el partido francés mantiene, a diferencia de Podemos, unas posiciones contenidamente xenófobas.

Por otra parte, los analistas políticos oficialistas dicen que el bipartidismo está en crisis, y sin embargo todo apunta a que la realidad es otra.

Los abusos y los excesos cometidos por lo que se ha dado en llamar “los mercados financieros” (una nueva burla hacia la ciudadanía por parte de “el capital” de toda la vida), comprando las voluntades de los partidos políticos “ganadores”, han estimulado la conciencia ciudadana hasta la comprensión de la manipulación de la realidad por parte del capital internacional, y el peligro de una neo-esclavitud dictada por estos y vilmente ejecutada por los partidos oficialistas, formaciones verdaderamente antisistema, en una clara y flagrante traición.

La ciudadanía se está rebelando y dando la espalda a los partidos oficialistas, los políticos del engaño, totalmente desconectados del sentir ciudadano en un discurso lleno de promesas que ya suenan huecas y faltas de contenido, que cada vez convencen a menos.

A su vez, los ciudadanos vuelven la mirada a aquellos que denuncian lo que son sus grandes preocupaciones: la decadente economía, el desempleo, la soberanía, y el innecesario y flagrante desmantelamiento del estado del bienestar.

Y todo esto con independencia de la tendencia por donde asoma la solución, bien sea por la izquierda en el caso español, como por la derecha en el caso francés.
No importa por donde vengan.

Y mientras tanto los partidos del engaño, en un intento ciego, absurdo y poco inteligente, en un intento desesperado de mantener su estatu quo, tildan de “populistas” a aquellos que conectan con las preocupaciones de los ciudadanos, y les acusan de “decir lo que el ciudadano quiere oír”, en lugar de hacer un análisis inteligente de las causas de su agonía.

Pero claro, ese análisis les declararía culpables, y su escasa talla política y su menor talla estadista, hace que su actitud se vuelva tan patética como suicida.

¡Bien!
La ciudadanía está de enhorabuena. La mediocridad necesaria para la manipulación de los actuales dirigentes políticos juega a favor del ciudadano: son incapaces, absolutamente incapaces. Tanto para gobernarnos, como para salvarse.

La esperanza está servida.


abap

(#niPPniPSOE)
 

miércoles, 1 de octubre de 2014

Alerta roja

 

La irrupción del colectivo y/o partido político “Podemos” en las últimas elecciones europeas ha cogido por sorpresa al arco político español, sorpresa que no se entiende muy bien habida cuenta del concienzudo puteo aplicado al ciudadano desde 2011, para el impune beneficio de los de siempre.
 
Las reacciones de los partidos han sido desiguales: el PP no sólo piensa que esto no va con ellos sino que, más aun, cree que esta situación les podría resultar beneficiosa para sus intereses electorales; partidos como IU, UPyD, o Ciudadanos  no terminan de superar la parálisis y el desconcierto; y el PSOE parece que ha sido el primero en darse cuenta de que esto no es una broma, y reaccionó de manera fulgurante en un intento de lavar la cara a su desgastado -y ya poco creíble- partido.
 
¿Y el sistema? (el establishment, los-que-mandan, ...).
Pues parece que le han visto las orejas al lobo.
 
Pero esta panda de arrogantes psicópatas no se deja amedrentar por cuatro jovenzuelos indocumentados. Y han reaccionado. A su estilo. Por lo pronto, han sacado a sus mejores (mejores, que no buenos) espadas que mantienen en nómina (periodistas de supuesto postín, personalidades de ¿reconocida? solvencia, supuestos intelectuales, tertulias televisivas de recurrente formato y escasa credibilidad, catedráticos, abrazafarolas, ex presidentes de gobierno, etc., etc., todos ellos con muuuuuchas ganas de agradar) a lanzar infamias, mentiras y falsedades cuando no insultos, argumentos tan ingenuos como falaces y poco creíbles, etc., etc., en un intento inútil de frenar esa marea inevitable que ellos mismos han provocado por los excesos cometidos contra los ciudadanos, supuestos poseedores de la soberanía nacional en el teatro que ellos han organizado y al que no se cansan de llamar “democracia”.
 
Y todo esto motivado por unos “chicos antisistema y violentos”, que sólo obtuvieron… ¡5 eurodiputados!, 5 míseros diputados de entre todo el universo de paniaguados en esa amañada lotería que denominan “elecciones democráticas”.
¿Qué pasó cuateeee?
 
Y es que, sin querer verlo, lo han visto: esto no va a terminar aquí.
 
Por su parte, los partidos oficialistas siguen sin querer entender que, en realidad, los auténticos antisistema son ellos, esos que exhiben una cara simpática durante 1 mes cada cuatro años, para, inmediatamente, dar la espalda y traicionar por treinta monedas de plata al ciudadano que les eligió, justo al día siguiente de las votaciones para proceder, a continuación, a agasajar y enriquecer a sus superiores (el poder real, ese IBEX35 que aglutina y controla “la creme de la creme” de la riqueza española, o ese Dow Jones, que hace lo propio a nivel planetario), a costa de los sufridos ciudadanos que les eligieron. Absurdo, ¿no?
(¡Es la democracia, tonto!)
 
Y se atreven a tildar, sin sonrojarse, de “antisistema” a aquellos que defienden una democracia de verdad al servicio del ciudadano, que responda a las necesidades del ciudadano, y que ya no admiten esa gran mentira bien urdida, ese engañabobos, ese teatro de variedades en el que, finalmente, han convertido aquello que un día se llamó “La transición española”, tan manida como manipulada por esos psicópatas (y no me refiero a los mediocres, egoístas, inmorales, inútiles, inoperantes y traidores políticos, sino a sus superiores, los que verdaderamente mandan), que sólo se preocupan de sus propios intereses, ajenos al bienestar ciudadano, y a los que realmente les importa un bledo tanto España como los españoles.
(Cabría preguntarse, ¿entonces… qué demonios representa eso que llamamos España, a quién le importa?
Bueno, eso es otro asunto que trataremos otro día pero, de manera simple y a modo de adelanto, podríamos imaginarnos que España es como una vaca que da mucha leche. E imagina, asimismo, que tú ya no posees ni la granja ni la empresa de transformados lácteos.
¿Lo cazas?)
 
Es tal la incapacidad para reconocer sus propios errores que no me queda más remedio que citar textualmente las palabras de una vicepresidenta y portavoz de su gobierno (cuyo nombre no voy a desvelar para no avergonzarla) que, en su intervención en los cursos de verano que en este año 2014 organizó en El Escorial su partido (cuyas siglas no voy a descubrir, para no dejarle en evidencia), dijo:
“Hay partidos que dicen lo que los ciudadanos quieren oír”.
 
¡Coño, claro!..., ¿cómo no me he dado cuenta antes?
 
Y es que, efectivamente, hay partidos desaprensivos que tienen la perversa costumbre de hablar acerca de lo que interesa a los ciudadanos.
¡Cabrones…!
 
Y no como los otros, que hablan y discuten de asuntos que al ciudadano le importan un pimiento.
¡Benditos…!
 
Así lo dijo.
Ella solita.
Con dos cojones…
abap
(Se me olvidaba: #niPPniPSOE)

martes, 30 de septiembre de 2014

Independentismo e incapacidad


 
 
De manera recurrente y desde hace siglos, la derecha española se ha venido comportando de manera torpe y patosa al abordar asuntos que requieren mano izquierda, temple y, finalmente, una alta dosis de sensibilidad, inteligencia, y buen hacer.
No creo que sea una cuestión hormonal (“la hormona de la derecha”), o de que la izquierda es más inteligente que la derecha.
Las razones de este comportamiento, con frecuencia inapropiado y casi siempre poco eficaz, habría que buscarlo en otras fuentes. ¿Quizás en la connivencia con el poder económico, o en el rol que juegan de representación de ese poder?
¿Y ese poder al que están sometidos acaso sea el que les otorga esa dosis de arrogancia y falsa seguridad con la que actúan?
Pero quizás esa misma sensación de seguridad es la que provoca que estos señores aborden ciertos asuntos delicados como un elefante en una cacharrería.
Los últimos acontecimientos en el panorama socio-político español vienen a demostrar, una vez más, y de manera extraordinariamente tozuda, la falta de inteligencia y sensibilidad de la derecha en sus actuaciones. Esta “derechona” nuestra que, para desgracia del resto de conciudadanos, toca sufrir desde hace ya siglos.
Un ejemplo representativo de la incapacidad de la derecha y, en general de todo el arco político español, es el caso del independentismo catalán, que es el primero en atreverse a desafiar en campo abierto al estado español.
Si tuviera que resumirlo en una frase, yo diría que este asunto, simplemente, les viene grande.
No hay nivel.
Una vez más, solo han utilizado sus dos argumentos eternos: el miedo y el “¡Te jodes!”.
El miedo, porque han repetido insistentemente a los catalanes que les va a ir muy mal si abandonan “España”, argumento bastante dudoso a juzgar por la actual situación de este estado. Y por no hablar de la talla -talla S- de los dirigentes del actual gobierno.
Y el “¡Te jodes!”, argumento de sistemática utilización por la derecha española como gran receta para nunca resolver los ya longevos sentimientos separatistas.
Esta vez en forma de: “Si publicas el decreto de convocatoria de consulta popular, lo vamos a recurrir en el tribunal constitucional”.
Y así lo han hecho los unos, y así lo han hecho los otros.
En otras palabras, la derecha le ha dicho a los catalanes: “Me importa un huevo lo que penséis”.
¡Viva la democracia!
Y es que esta derecha es extremadamente incapaz.
Incapaz de sentir la más mínima empatía por esas otras “naciones” (o nacionalidades, o autonomías, o como quieran llamarles), por esos ciudadanos, vecinos, que acertada o equivocadamente quieren decidir su futuro (¡ah no, ni hablar!).
Incapaz de dialogar e intentar buscar puntos de encuentro. Y no sólo eso, sino que, encima, niegan esa posibilidad: ¡la constitución no se toca! (“sólo cuando a mí me interesa”, les ha faltado decir).
Incapaz de esgrimir mejores razones y soluciones que su argumento principal: ¡Te jodes!
Incapaz de visitar a sus vecinos e intentar convencerles de manera honesta (y no por las vía de recursos “constitucionales”, decretos, y demás herramientas del estado “democrático”) para que no nos abandonen, para que se queden a construir un destino común. Por su bien y el de todos.
Incapaces de esgrimir argumentos sólidos y honestos para mantener la unión, más allá de razonamientos pueriles, masculinos (“a cojones”), frustrantes (“putos españoles”) y, sobre todo, de muy escasa credibilidad.
Incapaces de evitar una fractura entre los ciudadanos independentistas y los ciudadanos españolistas. Y no sólo eso sino todo lo contrario; en mi opinión, han provocado un sentimiento peligrosamente cercano al odio entre estos dos colectivos, y cuando escucho la opinión de los españolistas con respecto a los independentistas, no dejo de preguntarme: “Pero, si no les quieren… ¿por qué no les dejan que se vayan tranquilamente?”. ¿Será por “la pela”?  ¿O será por el síndrome de “novia despechada”?
Su actual líder –por llamarle de alguna manera- es incapaz de aterrizar y dar la cara a los catalanes en Cataluña. Prefiere dar la batalla en Madrid, en el tribunal constitucional, convencido de que la victoria es suya y no dispuesto a mover un dedo más allá de lo estrictamente necesario. Y, por supuesto, manteniendo la herida abierta o, quizás, ya emponzoñada para siempre. ¿Acaso no se atreve? ¿Acaso padece de fobia social? ¿O acaso, simplemente, es que es incapaz?
Incapaces, finalmente, de afrontar de manera apropiada e inteligente un reto que, desgraciadamente, les queda muuuuy grande.
 
abap
(Se me olvidaba: #niPPniPSOE)
 

jueves, 5 de junio de 2014

Monarquias y repúblicas


Sólo unas horas –incluso minutos- después del anuncio de abdicación del rey, los antimonárquicos se lanzaron a la calle con la idea de que era el momento de liquidar la monarquía y llevar adelante su ideario.
Y la otra parte, el statu quo, mayoritariamente monárquico, inició el baile de sus mejores espadas en defensa de la venerada institución.
Los unos intentando conseguir su santo grial, y los otros que no les roben la tostada. Los unos en una lucha activa, y los otros en una acomplejada actitud defensiva. Cada uno a lo suyo y sin mirar atrás, sin querer saber cómo están dejando el campo de batalla.
¿Pero cuál es la trascendencia de una u otra opción?
En lo que llaman “nuestro entorno”, nos encontramos con las dos formas de estado: Gran Bretaña, Holanda, Suecia..., por un lado; y USA, Francia, Italia..., por otro.
¿Ventajas de unas opciones sobre las otras?
Pues no parece que la ciudadanía de una monarquía viva mejor que la de una república, o viceversa. No parece haber ventajas de una opción sobre otras, sólo matices que cada uno ha de valorar como quiera y pueda.
El problema es que el debate que se ha organizado con la abdicación de Juan Carlos no es un intercambio racional de ideas sino, a mi humilde entender, pura visceralidad y ninguna racionalidad.
Y no hay nadie que le ponga sentido común a esto (bueno, ni a esto ni a nada, pero eso es otra cuestión).
Los pro-republicanos han iniciado una cruzada activa para ejercer su derecho a decidir, convencidos de que es su momento pero, quizás -sólo quizás-, confundiendo su descontento hacia los actuales gobernantes y la situación del país, con la forma de estado.
¿Y los otros? Pues lo de siempre, lo único que saben hacer: poner en marcha la maquinaria de la des-información, con sus mediocres empleados intentando convencer con mediocres argumentos, tendenciosos, y poco convincentes.
Pero, sobre todo, montados en una actitud defensiva en lugar de actuar de una manera no sólo responsable, sino inteligente.
En realidad, el statu quo está atemorizado, aterrado de que algo pueda cambiar, sin hacer una evaluación real de la magnitud del cambio.
Y es que el potencial cambio en cuestión, es decir, la conversión de España a formas republicanas,  ni tendría mayor trascendencia, ni tendría mayor inconveniente para nadie. Nada cambiaría de manera notable, y menos para ellos, que inevitablemente seguirían manteniendo su estatus socio-económico.
A unos parece que no les casan las formas monárquicas con una sociedad que aspira a calificarse de “moderna”, y eso de las dinastías se antoja un poco rancio y azaroso. Y es que, realmente, el único activo que puede esgrimir un heredero es ser “hijo de”; y supongo que, también, una preparación exquisita, aunque ya sabemos que “lo que natura non da, Salamanca non presta”.
Por otra parte, puede esperarse –aunque yo no pongo la mano en el fuego habida cuenta de los ejemplos y ejemplares mediocres que nos está tocando sufrir- que un aspirante a presidente de república ha de tener cualidades y preparación, a partes iguales e indistintas.
Y buena salud, que aunque parece una cuestión obvia, no lo es. Afortunadamente –para ellos-, la hemofilia, con tanta frecuencia asociada a las monarquías, va remitiendo con el ascenso de las plebeyas y/o los plebeyos a la más altas dignidades.
Pero… ¿realmente hay tantas diferencias para la ciudadanía entre monarquía y república?
¿Es que en Francia se gobierna mejor que en España? ¿O que en Gran Bretaña?
¿Es que en Holanda se gobierna mejor que en USA?
¿Es que los ciusdadanos de una forma política mantienen ventajas sobre la otra?
Pues, la verdad, no parece haber muchas diferencias…
No es la forma de estado lo que diferencia a unos países de otros; es otra cosa.
Y la adopción de una u otra forma de estado no parece tener muchas consecuencias para la ciudadanía, visceralidades aparte.
Entonces… ¿por qué tanto debate?
Sin embargo, hay una serie de aspectos a contemplar, aspectos diferenciadores de una y otra opción que se quedan en categoría de “matices”, unos más –subjetivamente- importantes que otros:
En primer lugar, un monarca, a diferencia de un presidente de república, no tiene color. Es decir, no es de izquierdas ni de derechas (o, al menos, así debería ser), lo cual tiene sus ventajas.
Por poner un ejemplo, cuando Zapatero llegó a Moncloa y retiró inmediatamente las tropas de Irak, poco después de quedarse sentado al paso de la bandera estadounidense en un desfile militar conjunto, las relaciones España-USA se deterioraron gravemente. Sin embargo, al poco tiempo, los reyes de España realizaron un viaje oficial a USA donde fueron recibidos, afablemente, por las más altas instancias estadounidenses, con la consiguiente mejora de las relaciones entre los dos países.
Y yo me pregunto si hubiera sido lo mismo si, en lugar un monarca, hubiéramos tenido un presidente de la república perteneciente al PSOE. ¿Hubiera sido recibido igualmente?
Es, cuanto menos, dudoso.
Entonces, podría ser que un monarca tuviese mayores ventajas o facilidades de representación frente a un presidente debido a su no afiliación política.
En segundo lugar, si España pasara a ser una república, habría que desmantelar la monarquía. ¿Problemas? ¿El rey y la reina a engrosar las listas del paro? Bueno, ya tenemos cinco millones de parados; no creo que fuera mucho más grave que hubiera dos parados más.
¿Ocurriría algo más, digno de tener en cuenta?
Bueno, quizás hay que reconocer que, a día de hoy, Juan Carlos es una “marca” de prestigio –y esto es más real de lo que parece- que se asocia, indefectiblemente, a España, y acaso el hecho de tirar ese activo a la papelera no sería recomendable ni para nuestro país ni para cualquier otro.
Poco más, aunque esto ya es bastante como para pensárselo.
En tercer lugar, no me fio de los políticos, y la cuestión es si el rey es un político al uso.
Yo creo que no a pesar de que, como “los otros”, tiene sus propios intereses personales e institucionales.
Sin embargo, un rey “es para siempre”, lo que le confiere diferentes y encontradas características. Por una parte, ha de planificar a largo plazo, por lo que no debe correr riesgos gratuitos, ni en lo personal ni en lo profesional. Ha de cuidar, bien y mucho, su comportamiento y sus acciones.
Un presidente tiene un horizonte temporal mucho más corto, más cercano, y sus potenciales errores no le perseguirán “de por vida”.
Y de la misma manera, un rey tiene más tiempo para ganarse un prestigio.
Sin embargo, esa vida profesional tan dilatada también le hace más vulnerable; no puede permitirse el lujo de crearse enemigos, y mucho menos enemigos institucionales o económicos, por lo que sus acciones no siempre podrían estar dictadas por sus responsabilidades para con sus “súbditos”.
En cuarto lugar, y en referencia a los costes, no parece que un presidente genere menos gastos que un rey porque, y entre otras, si el rey vive en palacio, lo mismo le ocurre hoy al presidente del gobierno, y mañana le ocurriría igualmente al presidente de la república, por lo que seguirían ocupados tanto Moncloa como Zarzuela (o el palacio que tocara como sustituto de este último, para no mantener vínculos incómodos). Y lo mismo en relación a escoltas, gastos institucionales, viajes, dietas, gabinete, etc., etc., etc.
En quinto lugar, uno puede sentirse representado por un rey sin color, de manera permanente; sin embargo, si se trata de un presidente de república, cada ciudadano se sentirá representado en función del éxito del color de su voto.
Esto no es absoluto, pero un rey trata de representar a todos, al igual que un presidente, pero un presidente de república se presenta, finalmente, por unos colores, por un partido político, y los que se sientan afines a ese color, perfecto; pero los otros tendrán que esperar hasta los siguientes comicios para sentirse identificados con “su presidente”, al igual que ocurre hoy con el presidente del gobierno.
Y en sexto y último lugar, la vida profesional de un rey se supone más larga –bastante más larga- que la de un presidente, y esto me genera una gran inquietud en lo que respecta a la forma republicana.
Me explico: supongamos un reinado de 39 años, como el de Juan Carlos; y supongamos, por la otra parte, un período de representación presidencial de 5 años. Esto significa una media de ocho presidentes por un monarca.
Y a la vista del panorama actual, en el caso de la monarquía sólo se enriquecería-corrompería- uno.
Pero es que en el caso de la república… ¡ocho presidentes a enriquecerse a costa de los ciudadanos!
Puffff, creo que son demasiados.
Quita, quita, me quedo con un rey.
 
abap
 
 

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